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Cristina Romo

Por Diego Petersen / Grupo Milenio

Cristina Romo puede presumir que tuvo 3,118 alumnos; yo por mi parte puedo presumir que fui uno de ellos. Pilar de la escuela de comunicación del ITESO, Cristina se despidió ayer de las aulas después de 40 años consecutivos de dar clases. Desde 1969, durante ochenta semestres consecutivos, Cristina Romo enseñó radio, pero sobre todo formó comunicólogos y alentó comunicadores. Se puede decir, en toda la extensión de la palabra, que fue pionera en esta extraña disciplina que es el estudio de la comunicación. Si hoy, a escasos 50 años de haberse iniciado, los estudios de la comunicación como una disciplina es difícil definirla, a finales de los sesenta aquello era literalmente una aventura.

Cristina Romo es uno de los pilares nacionales en la enseñanza de esta disciplina. No sólo somos beneficiarios los que pasamos por sus aulas sino también los que, quizá sin saberlo, abrevaron de su visión crítica y sistemática; su libro La otra radio es un texto fundamental en las escuelas de comunicación en América Latina. Fue también una de las impulsoras de los estudios de comunicación. Su generación, y ella de manera particular, sistematizaron lo que fue una buena idea de un sacerdote jesuita, José Sánchez Villaseñor, en una disciplina científica. No fue fácil, fueron muchos años de discusiones, de prueba y error, de tentalear en un campo desconocido para lograr un modelo de escuela de comunicación, la del Iteso, que se convirtió en referencia nacional y latinoamericana.

Pero sus aportes no son sólo para los comunicadores. Cristina Romo fue desde los años setenta una de la principales promotoras del derecho a la información. Desde que el artículo sexto de la Constitución fue modificado para agregarle esa pequeña frase que dice “el Estado garantizará el derecho a la información” hasta hace unos años cuando por fin en el sexenio foxista se hizo realidad el acceso a la información pública, Cristina peleó todos los días, en todos los foros, desde todas las trincheras a su alcance, con paciencia infinita para que se hiciera realidad. El derecho a la información tiene, como todos los procesos exitosos, muchos padres presuntuosos y pocas madres verdaderas. Cristina es una de ellas. Jamás lo dirá, nunca lo presumirá, pero velará por este derecho como si fuera un hijo.

El próximo agosto llegará el que pudo haber sido el alumno 3,119. Será el alumno nonato de Cristina; uno de tantos que no se enterará que la escuela que pisa tiene en sus cimientos la fortaleza de la maestra Romo y que el país en que vive es un poco mejor gracias a Cristina.

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